Gehry y parte de su equipo estuvieron ayer en Elciego para presentar su diseño de lujo enclavado en las bodegas de los herederos del Marqués del Riscal, sobre una elevación que le sitúa al mismo nivel que la iglesia. «Ha sido el punto de inspiración más sólido para diseñar el edificio. La he visitado varias veces, nunca la he perdido de vista. Luego, están los viñedos y sus curvas de los troncos y las ramas, que le han dado la forma. Cuando lo veo desde fuera, me imagino una melena llevada por el viento en todas las direcciones, una expresión del movimiento», contó ayer a este periódico el arquitecto del Guggenheim Bilbao.
Gestionado por la cadena Starwood, el hotel cuenta con 41 habitaciones, 11 de ellas «suites», y la número tres, la más lujosa, llamada con el apellido del arquitecto. Dormir allí una noche y levantarse frente al ventanal que, como dice Gehry, «encuadra» el pueblo alavés, cuesta 1.350 euros, justo mil más que la estancia más barata. «La idea de una arquitectura exuberante para las bodegas ya estaba aquí cuando yo llegué. Calatrava, Norman Foster y algunos otros ya lo habían hecho. Sí, esto es un hotel de lujo, pero de verdad que ello no me ha influido gran cosa. ¿Ha visto las habitaciones? Son sencillas y cómodas, igual que este pueblo y esta comarca. No me gusta el lujo pomposo, prefiero la sencillez».
El vino y las sensaciones
Vestido con un traje azul marino y un jersey negro, acompañado de su ya habitual bastón, Gehry comentaba que lo más difícil fue elegir los colores de algunas chapas de titanio. Las hay en su color plateado natural, otras son moradas y el resto de un morado que insinúa el vino tinto. Pero nada de esto le resulta evidente al arquitecto. «Incluso los tonos son muy importantes. A mí me cuesta elegirlos y dejo que la gente opine. En el edificio de las oficinas del Guggenheim dudé hasta el último momento. Algunos querían rojo, yo propuse el blanco o el negro, pero me decían que era demasiado duro. Aquí, en el Elciego, hablé mucho con la familia propietaria de la bodega. Estas discusiones ayudan a que la gente se involucre y que sienta el edificio como algo suyo».
De Gehry dicen los entendidos en arquitectura que participa de un movimiento que desprecia las líneas rectas porque apenas existen en la naturaleza, y que por eso se decanta por las curvas, las propias de los seres vivos y de los cuerpos naturales. «Yo soy un organismo, así que no veo nada más lógico que trabajar con formas orgánicas. Y yo creo que esta filosofía también se relaciona con algo tan natural como el vino, y con las sensaciones y sentimientos que produce: la pasión, muchas veces la alegría, incluso la felicidad».
En la presentación de ayer, junto a directivos de las bodegas y del restaurante, se encontraban sus dos «manos derechas»: César Caicoya y Edwin Chan. «Hay muchos pasillos, elevaciones... Ha sido más difícil que el Guggenheim», decía Caicoya. El coste total del proyecto ha sido de 70 millones de euros. Gehry espera ansioso a que llegue hoy Don Juan Carlos. «No me siento obligado a llarmarle Majestad o cosas parecidas. Es sencillamente una persona normal con la que me gustar estar».


